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Ricardo Montaner:
"Me siento orgulloso de ser cursi"

Es un fenómeno de masividad. Nació en Valentín Alsina, extraña a la Argentina, pero dice que se siente venezolano. Habla de Dios, del amor, del éxito y de su familia. El miércoles larga un maratón de ocho conciertos en el estadio Luna Park.

Por: Marina Zucchi

Proclama que en cierta forma evangeliza y, a juzgar por el fenómeno, efectivamente este pastor romántico fideliza cada vez a más "ovejas". Un rebaño de, aproximadamente, 50 mil personas lo escoltará del miércoles 12 al 19 en el Luna Park, y otro tanto en Córdoba, Rosario y Neuquén. Su aparición el domingo en el programa de Susana Giménez disparó el rating, con un pico de 30 puntos. Algo intenso desata el señor del eterno Tan enamorados para que el "milagro" se produzca aún a más de 20 años de carrera. Ricardo Montaner está de vuelta.

Cercado por un séquito sigiloso de productores caribeños que arreglan "chows" (como pronuncian graciosamente la palabra shows) por aquí y por allá, el venezolano nacido en Argentina y radicado en Miami advierte que apenas pudo cepillarse los dientes antes de la entrevista. Jura que volverá a Valentín Alsina "a comer los ravioles del padrino" y que "andar por el Conurbano es lo más normal del mundo". "¿Cómo puedo escribir sobre la vida sin conocimiento de causa? Es difícil vivirla si sólo te la cuentan".

Todo lo tiñe de Dios: su discurso no puede evitar nombrarlo cada ocho minutos. A los 51 años está notablemente tan rejuvenecido que parece hermano de aquel que en 1989 llegó al Opera como telonero de Alejandro Lerner. Es simpático sin esfuerzo y puede despacharse con gracia con anécdotas de tipo de barrio. La primera: "Aquel día, el Opera estaba hasta las medias y mi mamá afuera queriendo entrar con su cédula. ¡Soy la madre del artista!, le gritaba al portero. Armó tal rollo que cuando lo convenció, dijo: Muchachos vengan. Y entró con otros 35, a los que trajo de Villa Caraza, incluida la peluquera y el de la farmacia que le fiaba". Montaner sabe entrar en clima. ¿Será esa cercanía tan lejana a la estrella melódica que encanta a la gente?


¿Hay un titular, una perla de archivo que es necesario saber si dijiste en realidad. "Soy cursi, hago poesía barata". ¿Salió de tu boca?

Sí. Pasa que muchos malinterpretan la palabra cursilería o el concepto. El romántico empedernido entra en los parámetros de un cursi propiamente dicho. Aquel que todavía conserva cierto grado de pudor y caballerosidad hacia la mujer. El que cree que dejarla pasar primero es importante. El que cree en los detalles. Y yo soy defensor de la cursilería. Me siento orgulloso de ser cursi, pero de ese ala de la cursilería. Soy un practicante de eso.


Hay que ser un hombre realmente valiente para admitir una cuestión así...

¿Y qué puede pasar? Qué bonito cuando un tipo la hace sentir a ella capaz de ser el centro con algo que le diga, aunque no sea inventado por él. O la tontería de arrimar la silla. O escribir un mensaje en el espejo. Todas esas cosas cursis son bonitas. Muchos tipos practican esta rama pero no lo hacen vox populi. Es probable que el rockero escuche mi música cuando está con su mujer.


El pop melódico parece reiventarse a cada momento, los artistas prueban fórmulas constantes. Vos sos como la excepción. Un disco de 1992 y uno de hoy no suenan tan distintos. ¿Por qué?

Probablemente, el disco de 1992 cambió en que ya he vivido lo que canto. Me mantengo pendiente de no violar la evolución de mi sonido, si tengo que utilizar al ingeniero italiano más fuerte, lo hago. Pero, básicamente, en lo único que evolucioné fue en lo interior.


¿Por eso el fenómeno de fidelidad del público? ¿Cómo leés tanta adhesión?

Llevo 25 años dando vueltas y nunca dejé de hablar con los medios, recorrerme el continente y escribir lo que realmente sentía aunque no fuese muy especial. Y nunca me la creí del todo. Después, no hice nada más. Siento que el público y yo nos parecemos. Que jugamos a tratarnos con respeto. Desde que comencé mi carrera le tuve temor a la ola, a la moda de la noche a la mañana, a lo efímero y de corto alcance.


Una encuesta doméstica indica que muchos te ven como a uno de los argentinos que más perdió la argentinidad. ¿Es así?

Debo un respeto al país que me dio de comer toda mi vida. Al que le dio una oportunidad a mi papá. Nosotros vivíamos en una pensión con seis familias, en Alsina. Compartíamos baño, nos bañaban en una palangana. Venezuela me abrió las puertas, me dio educación, cinco maravillosos hijos y una esposa. Amo al país que me dio la vida y soy nostálgico, tomo mate y me encanta un buen asado, pero soy venezolano.


¿Y cómo te plantás como venezolano ante el gobierno de Hugo Chávez?

Hace cinco años dejé de plantarme por una petición de mi papá, que murió. A veces por eso o por no gustarte el mismo cuadro de fútbol hay familias que se dividen. En lugar de preocuparme de compartir el mismo amor, una diferencia nos separó. Un día me dijo: Nunca más vuelvas a hablar mal de Chávez, por cariño a mí. Al día de hoy lo he cumplido. Lo qué si puedo decir es que a pesar del choque de ambos bandos en Venezuela, porque no hay más que dos bandos, la gente trata de salir. Y está la ventaja del flujo de caja importante, a raíz del petróleo.


Un recital tuyo puede ser por momentos una experiencia extraña donde pedís a tu público que le diga te amo al de al lado aunque no lo conozca. ¿Desde tu lugar evangelizás?

Absolutamente. No sé si lo logró, pero sí sé que desde mi lugar siembro una pequeña semilla.


¿No molesta a muchos que quieras imponer tu fe? ¿No reaccionan mal?

No. Porque el problema más grande que ha tenido la fe es la imposición. Ahora que miro para atrás siento que Dios me escogió. Que me tenía planeado. Y se manifestó una tarde, a través de un bebé, en Uruguay, en terapia intensiva. Fue como que dijo: Existo y te lo voy a comprobar. Y lo salvó aunque estaba en coma desde hacía varios meses. Me ha ido guiando y me salvó de no meter la pata.


¿Meter la pata?

No caer en las drogas por ejemplo. Me tenía elegido y me salvó de peligros que me hubieran nublado la mente. Me dijo de alguna manera, Quiero que trabajes para mí. Que pertenezcas a mi ejército.


¿Por qué hay hoy tantos artistas volcados al misticismo? ¿Es por moda, vacío o locura?

No hay otra salida. A nosotros se nos nota más, pero hay millones anónimos que se encuentran con Dios. Yo era el más feliz del mundo, con una carrera impresionante. Subía a un escenario, bajaba, subía a un avión. Tenía un pedazo de plástico con el que podía comprar lo que soñaba, pero estaba vacío cuanto más lleno. Caí de rodillas diciendo, ¿Qué me está haciendo falta?


Tus temas musicalizaron dos telenovelas en el país: "Padre coraje" y ahora "Valientes". Lo mismo pasó en otros países. ¿La telenovela es tu garantía de popularidad?

Me llama la atención de que mi carrera desde 1990 ha estado marcada por columnas vertebrales que han sido temas de novelas: Me ha funcionado bien, pero atención que una canción puede ser un bodrio. Yo no aprieto a propósito, no ajusto a pedido para que entren mis temas forzados. ¡Ah!, siempre me ha gustado la actuación y me encantaría que (Adrián) Suar me llamara para hacer de policía o quiosquero. Le estoy haciendo un pedido a través de esta nota. Acepto ofertas.Hincha de Independiente pero criado en la tierra del béisbol, ex rockero pero devenido en cantautor romántico, periodista "casi recibido« pero "comunicador de otra forma", Héctor Eduardo Reglero Montaner -tal como se llama en realidad- lanzará en breve el libro Lo que no digo cantando. Mientras el campechano predicador da vueltas por sus pagos natales, compra discos de Fito Páez y Alejandro Lerner, trama un disco de tango que "adeuda" y se pasea en familia -tiene cinco hijos- con esa troupe que encabeza Marlene, su segunda esposa, la señora que ocupa su reciente videoclip, Para un poco. "¿Qué por qué no contraté a una modelo jovencita? ¿Pa qué?", suelta el amable, mientras traga su ristretto. "No me preocupa lo que lleguen a pensar los fans. Yo no negocio mi felicidad por un disco más".

Sandro, el que se paseaba con la capa negra

La leyenda en boca de Montaner sostiene que de niño lo cruzaba por las calles de Valentín Alsina. Que mientras jugaba con sus primos al fútbol "en una cortada", "el mito" se paseaba estoico con su capa negra. El intocable era Sandro, que compartía el barrio: "El papá de él tenía que ver con mi familia, pero él era de la generación del hermano menor de mi padre, así que no había relación directa. Hasta el día de hoy no hablamos nunca en persona. Sí por teléfono y al aire en algún programa. Me escribió cosas personales bellas, me ha mandado un regalo espectacular como un premio que le entregaron en Venezuela en 1969. Es una relación maravillosa sin habernos visto la cara. Y así es mucho mejor".


¿Mejor? ¿No quisieras verlo?

Es que lo veo como un recién comenzado podría verme a mí. Al mito no se le conoce, porque sino empieza a tener forma corpórea, real. Mejor así.


Fuente: Clarín - Argentina